lunes, 21 de enero de 2019

ENTR'EACTE DE RENÉ CLAIR, 1924

En esta obra maestra vanguardista de la historia del cine que filmó René Clair en 1924 con música de Erik Satie, se reflejan todos los trucos del cine: cámara lenta, cámara rápida, cámara boca abajo situada en la parte delantera de una montaña rusa, pantalla dividida, superposiciones, etc. Aparte de sorprendentes imágenes dadaistas y escenas del París de los años 20, también podemos ver un cameo de Marcel Duchamp y Man Ray jugando al ajedrez en una azotea de París.

domingo, 11 de junio de 2017

Los trabajos de trebejos. Diálogos sobre la histórica revista de Ajedrez con Ricardo Lamarca y Eduardo Scala

Ricardo Lamarca y Educardo Scala en el mítico Club de Ajedrez Puerta del Sol (Madrid)
Dentro del IX Open Ciudad de Tres Cantos, tendrá lugar un evento muy especial. El ajedrez no es sólo juego y competición, sino también memoria, historia, arte, poesía, diálogo, encuentro... Como afirma Eduardo Scala, "el ajedrez no es un juego de guerra". Scala nos leerá notas de su libro La Semilla de Sissa, breviario en forma de escaques (ejemplares blancos y negros) donde el poeta ajedrecista defiende la tesis de que el AjedreZ es un juego mercurial y no marcial. La rara edición incluye el diálogo que el autor mantuvo con Yuri Averbaj en Moscú: El AjedreZ, ¿Juego de guerra?, en el que se confirma la naturaleza del milenario juego. La primera edición de La Semilla de Sissa se presentó en la galería de arte La Fábrica, donde fue instalado este pequeño tratado de aforismos (64 ejemplares), posteriormente volvió a editarse por la editorial Delirio de Salamanca. He aquí una muestra de aforismo: El rey es Magno, el peón Mago.

Scala también dialogará con Ricardo Lamarca y con el público asistente, sobre una de las históricas revistas de ajedrez editadas en España, la revista Trebejos que se comenzó a publicar en 1967. De confección totalmente artesanal, editada y confeccionada en una máquina ciclostil, a la manera de los boletines de los torneos soviéticos en la década de los sesenta, Ricardo Lamarca fue su editor, haciendo las veces de impresor, redactor, encuadernador, distribuidor, etc; mientras sus hijos (entre los que me encuentro) que apenas levantábamos un palmo del suelo, armados con dedales de goma, montábamos los cuadernillos. En la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, Trebejos constituye una rareza.

martes, 23 de mayo de 2017

1916 Nueva revista de literatura

1916 NUEVA REVISTA DE LITERATURA

1916 fue un año interesante. La muerte de Rubén Darío, la fundación de Dadá en el Cabaret Voltaire, la publicación del Diario de un poeta reciencasado, la publicación de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán... Cifra de un mundo que acaba y otro que comienza. Cifra de unas señas de identidad que son la esencia de lo mejor de nuestro pensamiento, de nuestras letras, de nuestra cosmovisión.
Cuatro dígitos para conmemorar una fecha cardinal. Cuatro dígitos para conmemorar a quella otra iniciativa editorial del gran Manuel Altolaguirre celebrando nuestro crepúsculo áureo.
1916 es un catálogo y es una revista. Es un catálogo porque recoge la producción libresca en las diversas colecciones literarias de Editorial Polibea (El levitador-poesía-, La espada en el ágata -prosa-, Orlando Versiones -traducción- yToda la noche se oyeron... -poesía latinoamericana de ahora), durante 2016 -punto de arranque escogido (con alguna cala en 2015) para esta publicación que se pretende anual-. Y es una revista porque reproduciendo, de un lado, los prólogos o los textos que se escribieron y leyeron -éstos con motivo las diversas presentaciones con que se dieron a conocer públicamente los títulos que editamos-; y, de otro, los artículos que reunimos bien en torno a las conmemoraciones de Cirlot o Kafka -en este número concreto-, bien en torno a las figuras de Aleixandre -recordando Velintonia- y Cernuda, o la portuguesa Maria Gabriela Llansol, las imágenes que nos llegan de Fez -a través de los cuadros de Najia Erejaï- o las voces de África (Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima), tan lejos y tan cerca, creemos que reunimos lo mejor de nuestra tradición y lo mejor de lo más nuevo, lo mejor de aquí y de allá, y, sobre todo, la alquimia imperecedera de la palabra que nos constituye, sobre la que se funda nuestra moderna mirada, cosmopolita, escindida, rara.

Puedes descargarla en pdf en y online: http://ellevitador.polibea.com/LEVITADOR_index.html


La cultura en Madrid: Del rosa al amarillo y fundido a negro


Una aproximación desde los servicios culturales municipales
El nuevo municipalismo ¿marea o chapapote?

No hay nada más triste que un teatro sin público, una sala de conciertos sin voces y enmudecida de luces, la sombra congelada del aplauso, los cuentos de las 12 robados al sábado, y las miradas ciegas, sin amarres que ayuden a cruzar de una a otra orilla, la escena. Cae el telón, clarines de guerra.

No hay nada más indignante que un teatro o una sala de exposiciones destinados a usos incongruentes y espurios por la dejadez y la falta de medios (antaño) o por servir a intereses de parte (hogaño), hurtando a los vecinos y vecinas, el derecho de acceso a la cultura que nos marcan la Constitución y las leyes.

Recientemente se ha publicado en El Diario.es un artículo de David Márquez Martín de Leona titulado ¿Y si hablamos alguna vez de políticas públicas (culturales)?[1] donde presenta algunos datos muy relevantes y demanda la necesidad de analizarlos y evaluarlos con el fin de obtener una base empírica para el diseño de políticas públicas que mejoren el acceso a la cultura, reivindicando "hacer una política cultural madura orientada hacia el servicio público, pero sin duda da para menos titulares e impone debates menos excitantes llenos de propuestas más técnicas y grises". (La negrita es mía).

Debates menos excitantes, sin duda, y yo me atrevería a decir que ojalá el tema estuviera siquiera sobre la mesa para iniciarlo negro sobre blanco, porque cualquier otra tonalidad, incluida el gris, permanece hoy invisible al ojo humano ante la falta de claridad sobre lo que está pasando con la cultura en Madrid que nos permita no ya interpretar, sino tan sólo vislumbrar cualquier color más allá del espectro que va del rosa al amarillo como en la película de Summers (rodada por completo en blanco y negro y que narra dos historias de amor ubicadas una en la adolescencia y otra en la senectud) y que en el caso de la guerra cultural que se ha instaurado en el Ayuntamiento de Madrid, esta metáfora fílmica nos viene al pelo.

Porque esta guerra cultural de guerrillas -necesaria o absurda-, pero legítima en el plano social o político, no lo es tanto cuando hablamos de cultura pública (sobre todo en lo referente a los centros culturales de distrito) ya que ambos bandos olvidan que de lo que estamos tratando es de un derecho básico y de cultura financiada con fondos públicos y que aquí no caben las medias tintas para un uso partidista de la cultura seas del bando adolescente o del antiguo régimen, y me refiero con esto tanto a los recién llegados que hoy tienen las riendas del poder municipal, como a quienes durante décadas férreamente lo ostentaron y ahora se obcecan en no soltarlo.

Que la política cultural del Ayuntamiento de Madrid sea tema de conversación día sí y día no en periódicos o tabloides, que haya sido objeto de alguna intervención policial o que acabe en los juzgados y tribunales e -incluso- en la Audiencia Nacional, no ayuda en absoluto a un debate sereno y centrado sobre políticas públicas culturales. Porque, a pesar de querer seguir a pie juntillas la recomendación del show presentado por Facu Díaz y Miguel Maldonado todos los jueves en el Teatro del Barrio: “No te metas en política”, parece que no es posible abordar el asunto sin pringarse las manos y sin que la situación estrambótica de la cultura madrileña y de los agentes culturales que intervenimos en la misma nos convirtamos en una parodia de la actualidad política que refleja este programa, con sus querellantes y parodiados y, desgraciadamente, con algunos de los agentes implicados –como los titiriteros Alfonso Lázaro y Raúl García- habiendo pasado por la cárcel. Con estos mimbres no es posible atisbar la salida a esta tragicomedia de la España negra que ni el mejor Berlanga hubiera urdido para desarrollar este plano secuencia de costumbrismo situacionista que va camino de durar dos largos años, en el que se halla estancada la cultura madrileña, enfrascada en una batalla inútil pero, como hemos visto, a veces cruenta, de símbolos, posiciones, hegemonías y narrativas enfrentadas. Y, como colofón final a esta sátira ácida, atémonos los machos y ciñámonos los tuits, que vuelve la censura y baja el IVA para los espectáculos en vivo, castigando sin rebaja a los díscolos del cine por su pertinaz inclinación a dar, a su vez, el espectáculo en vivo y en directo, cuando intervienen fuera de las pantallas.

Así pues, ni aun tratando de abordar el tema desde una perspectiva analítica y objetiva como me correspondería desde mi posición en la Administración cultural pública ya que sobrellevo condena voluntaria como funcionaria en un centro cultural municipal desde hace más de 13 años, parece complicado abstraerse de esta guerra cultural y de la politización de la misma, puesto que la batalla cultural no sólo se entabla entre facciones contrarias (Gobierno y oposición y sus medios de comunicación afines), sino también entre facciones aliadas dentro del mismo equipo de gobierno municipal (no hay que olvidar que el gobierno de la capital, ejercido por Ahora Madrid con el apoyo del PSOE, es un partido instrumental donde confluyen movimientos ciudadanos, asociaciones, partidos -Podemos, IU, Equo- e independientes). Y, para más circo mediático, también los satélites distritales toman posiciones en función de las presiones del tejido social y cultural que les haya tocado en suerte, donde Ganemos (sector al que pertenecía la ex-delegada de Cultura, Celia Mayer, ahora reconvertida a Madrid 129), va pegando muy fuerte, por lo menos en mi distrito donde los escasos espacios y equipamientos culturales se están convirtiendo en verdaderos territorios a conquistar y colonizar desde lo social, como si los espacios públicos en los que hasta ahora nunca habían reparado, fueran verdaderos bastiones a asaltar y los individuos que hasta ahora los habitábamos: trabajadores, usuarios, monitores, pequeñas empresas, compañías de teatro, etc. así como los puestos de trabajo que generan, se convirtieran en verdaderos botines de guerra.

La ciudad ha sido siempre y es hoy, un territorio en disputa donde los distintos agentes intervienen con distintas fuerzas, ideas, alianzas y lógicas enfrentadas; y lo mismo sucede con la dimensión cultural que a la vez que da forma y configura un territorio complejo de relaciones sociales, significaciones, intercambios, luchas y alianzas, también es fruto de la configuración que de ella hacen los diversos agentes políticos, sociales y económicos que dan forma a la realidad social y cultural de la ciudad. El municipalismo actual es un gran laboratorio donde confluyen muchas lógicas, muchas formas de entender la realidad y de plasmarla haciéndola real.

¿Pero qué está sucediendo en Madrid donde existe un grado alarmante de confusión y conflictividad entre lo público, lo privado, lo común y lo comunitario; y donde los interlocutores habituales de las industrias y contenidos culturales – las gentes de la cultura- han sido desplazados por otros – los agentes de lo cultural-?

¿Qué ocurre con la gente, con el público habitual de las programaciones: conciertos, teatro, actividades infantiles, etc. a los que se les ha cortado la programación durante más de un año, en espera de que el tejido asociativo diseñe una nueva programación “experimental”? ¿Por qué se castiga sin el derecho de acceso precisamente a las personas más vulnerables que son las que acudían a las funciones gratuitas de los teatros de los centros culturales municipales de distrito? ¿Exigimos carta de asociacionismo a los individuos y a la población general, para tener acceso a la cultura pública?

¿Qué ha pasado con el magro presupuesto aprobado en 2016 para la cultura en algunos distritos, del que no se ha gastado un euro para programar ni para asistencia técnica de iluminación-sonido, en ninguno de los centros culturales públicos?

En el Plan de gobierno se fija como objetivo estratégico: construir y promover la cultura como bien común. Para ello se fijan una serie de estrategias entre las que se encuentran la descentralización de los programas y recursos dedicados al área cultural, la difusión y descentralización de la cultura y la promoción del acceso a los equipamientos y programas culturales como servicio público de calidad, diverso y accesible.

¿Qué ocurre en los centros culturales de distrito donde en vez del apoyo de las mareas como en el resto de los servicios públicos (educación, sanidad…), los trabajadores de los mismos hemos recibido chapapote y opacidad por parte del nuevo gobierno municipal? Y, como guinda, en la propuesta de nueva reestructuración de los distritos se propone de forma directa y descarnada, la eliminación de los directores de centros culturales de distrito y su pase a un limbo administrativo a merced de lo que decida el político de turno de la Junta Municipal. Hablamos de funcionarios de carrera que hemos obtenido las plazas por concurso específico de méritos y no de libres designaciones.

¿Qué pasa cuando desde algunos sectores se pretende tensionar las instituciones? Y, por lo pronto, los únicos tensionados hemos sido los propios trabajadores de los centros porque, hasta ahora, seguimos sometidos a las mismas reglas (desde lo público) impuestas por la Administración local a la que pertenecemos, mientras que se nos exige romper esas reglas desde lo social. ¿Podemos a la vez servir a Dios y al Diablo cuando seguimos en un limbo de medios materiales y humanos y ni siquiera nos es posible servir adecuadamente a unos cuantos mortales? ¿Tenemos los funcionarios que estar sometidos a la tensión diaria, física y mental, de elegir a quién obedecer, favorecer o secundar porque en los distritos, manteniendo las estructuras formales de la Administración, se ha ido poco a poco gestado una administración paralela de poder informal?

Es verdad que en la Administración, las personas influimos sobremanera en la aplicación de las reglas, por muy rígidas que sean, y tenemos cierto margen de maniobra en función de nuestra propia ideología, ética, carácter, actitud, conocimientos, etc. pero ¿debe un empleado público tomar partido cuando su función es servir con objetividad los intereses generales? Y, en casos concretos como el mío que trabajo en lo público y he estado lustros en el movimiento asociativo ¿a quién elegir sin sentirme traidora? ¿A los usuarios habituales de mi centro o a los colegas de las luchas de afuera? ¿Cómo salvar esta esquizofrenia diaria que está afectando a mi salud, ya de por sí deteriorada por años y años de las políticas neoliberales de recortes, abandono, falta de medios y de reconocimiento laboral y personal, etc? ¿No era este gobierno el gobierno de los cuidados? Perdonen que en este estudio de caso baje al terreno personal, pero sin analizar los impactos reales y evaluar la praxis además de con datos, con experiencias de vida -porque afecta a seres humanos-, la teoría andará errada.   

¿Qué sucede cuando lo colectivo se prima sobre la individual y esto trae como consecuencia que las personas hasta ahora usuarias habituales de los centros culturales se las quiere desplazar por nuevos agentes? Porque sobre el papel y, en teoría, ahora todo tiene cabida en el común, pero en la práctica, los espacios físicos, los tiempos de reparto y los recursos son escasos. La mayor parte de los centros culturales somos pequeños contenedores con limitaciones físicas para albergar la creciente demanda de servicios y usos, usos que a veces no son posibles por la propia infraestructura de los equipamientos (escasez de aulas, ruidos, acondicionamiento para unos usos que impiden el desarrollo de otros, etc.). Tampoco nos es posible dar cabida a todos y, en algunos casos los demandantes, que caminan por vías paralelas y sin puentes de cruce, pretenden cosas antagónicas. Por más que el nuevo municipalismo se empeñe, todavía no se han creado espacios comunes donde reconocerse. Los asiduos a los laboratorios y los Foros Locales no coinciden con los usuarios habituales de los centros y, no (nos) engañemos, la politización de ciertos espacios espanta a algunos y es aprovechada por otros.

El sector de Ahora Madrid que hasta ahora ha estado a cargo de la cultura procede del campo de la Antropología social y su enfoque se ha centrado en priorizar el registro antropológico sobre el registro estético intentando aplicar –hasta ahora con éxito bastante limitado- un único modelo de intervención para todos y cada uno de los contenedores y espacios culturales de la ciudad: sea un pequeño centro cultural de distrito, una plaza, la calle, el Circo Price o el mismísimo Teatro Español. La idea consiste en primar las expresiones culturales y la cultura popular frente a la de las élites; potenciar las acciones comunitarias frente a las individuales; favorecer la cultura en construcción priorizando los procesos sobre los contenidos, los productos culturales terminados o las obras cerradas; amparar la autoría colectiva frente a la individual; descentralizar la cultura desplazándola del centro de la ciudad a los distritos periféricos; dar cabida a nuevas manifestaciones artísticas (danza urbana, muralismo, performances o disciplinas experimentales, etc.) frente a las manifestaciones culturales más habituales, etc. En suma, poner en valor la diversidad, potenciar la cultura como herramienta para transformar las relaciones de convivencia, incidir en la vida ciudadana y contribuir a la transformación social.

Ideas todas ellas coherentes con una concepción de políticas públicas que tienen en cuenta el retorno social de la cultura y que van más allá del simple acceso, pero que sólo serán válidas si se aplican con un mínimo de racionalidad y no con orejeras, si se llevan a cabo respetando otros muchos enfoques incluso el punto de vista de que la cultura puede concebirse como un recurso de disfrute individual puramente estético y no politizado; que además de para la expresión y la participación social, la cultura puede ser ejercida tanto por creadores individuales, como por profesionales y artistas de los distintos sectores que conforman las industrias culturales, etc.

Y que desde la homogeneidad en el tratamiento de espacios y proyectos sin tener en cuenta numerosos factores como:

 a) las propias condiciones físicas y técnicas de los edificios, salas y equipamientos,

b) los agentes que ya existían poniendo en marcha, trabajando, colaborando o gestionando esos equipamientos y/o proyectos que puede que entren en conflicto con los nuevos desarrollos si no se respetan mutuamente,

c) la coexistencia de distintos públicos, los anteriores y los futuros y no la sustitución de unos por otros;

d) todo el entorno social creativo, artístico y cultural adyacente y no sólo al tejido social que nos apoya o conviene para nuestros fines políticos, electorales, laborales, clientelares o económicos,

e) la propia historia de los equipamientos culturales que son mucho más que contenedores vacíos porque tienen un tremendo poso histórico que ha costado mucho levantar hasta convertirlos en referentes reconocidos a nivel local o internacional y para los que un cambio de nombre tiene implicaciones simbólicas, o para los que alterar el programa mismo y los contenidos, desplazando a los agentes habituales por los de otras disciplinas y, por ende, también a los públicos asiduos, supone una tremenda falta de respeto pudiendo sumar y no restar tanto proyectos culturales, como agentes, disciplinas, ámbitos, espacios, territorios, etc.

Y ¡Ojo! No olvidemos nunca que estamos hablando de un ámbito como la cultura, tan sensible a que se condicione o coarte la libertad de expresión y creación si se “marca el camino” favoreciendo determinadas manifestaciones con mensaje social que hace que los creadores y artistas se autocensuren o reconduzcan sus obras para ser contratados por la Administración. Utilizar los mismos parámetros e indicadores que se aplican a la intervención social para acabar con las desigualdades en materia económica y social, es un arma de doble filo cuando se aplican a la cultura donde debe primar la libertad de expresión y creación sobre la exigencia de un “retorno social” mal entendido.

En los últimos años, la sociedad ha reconocido que valores como la educación, la igualdad, la diversidad, la equidad, los derechos humanos, la sostenibilidad ambiental, la cohesión social, la participación y, en suma, todos los valores que fomentan lo que entendemos por cultura democrática, deben ser tenidos en consideración a la hora de elaborar las políticas públicas. Pero si se priman los contenidos con valores de forma inadecuada, por ejemplo aplicando indicadores culturales más propios de la intervención social que de la cultura en general, caemos en uno de los vicios más viejos de la izquierda.

En las últimas décadas, espacios públicos como la sanidad y la educación han sido espacios colonizados por los intereses mercantiles y esto también ha sucedido en el caso de los grandes contenedores de cultura. La educación y la sanidad públicas se convirtieron en pilares del Estado del bienestar, fruto de las conquistas sociales a lo largo de muchos años de lucha. Sin embargo, el concepto de cultura como un derecho social no llegó a desarrollarse como otro de los pilares del Estado social, considerada en la mayor parte de los casos, como un derecho social accesorio, un servicio público florero y hasta un bien común totalmente prescindible en época de recortes y prioridades presupuestarias, contraviniendo así lo establecido en nuestra Constitución y las leyes que consagran el acceso a la cultura como un derecho ciudadano esencial básico.

Mucho se ha hablado del impacto de las políticas neoliberales (recortes, privatizaciones, etc.) sobre el deterioro de servicios públicos como la educación, la sanidad o los servicios sociales, pero pocas veces se han tratado seriamente las consecuencias de estas políticas sobre la cultura.

Lo cierto es que en el municipio de Madrid, en las últimas décadas bajo gobiernos del PP, nunca llegó a desarrollarse una verdadera democratización cultural porque la oferta (dejando al margen los servicios bibliotecarios, archivos y museos) era de escasísima calidad y no llegaba a todos los sectores de la sociedad, a pesar de contar con numerosos equipamientos de proximidad –los centros culturales de distrito- diseminados por gran parte del territorio. Y si no se aspiraba a la democratización cultural incentivando la dimensión cultural del desarrollo, promoviendo la difusión de productos culturales, aplicando unas políticas capaces de dar cabida a los distintos gustos generacionales o diversidades estéticas, estrechando las brechas carenciales con el acceso a la cultura para determinados sectores de la población, etc; para qué hablar de democracia cultural, de pluralidad, de diversidad, de implicar a la ciudadanía en los procesos de decisión, gestión y acción cultural para integrar los valores y manifestaciones culturales de los diferentes individuos y colectivos que componen el rico mosaico de la ciudadanía local actual ya sea en su faceta de creadores, intérpretes, educandos o público, o favoreciendo la participación individual o colectiva en todos y cada uno de los procesos y dinámicas socioculturales que configuran la ciudad.

Mientras los buques insignia marca Madrid: Teatro Español, Matadero, Centro-Centro, Conde Duque, Circo Price, etc. ondeaban con el viento a favor y daban lustre a la cultura cortesana e incluso experimentos como MediaLab-Prado o Intermediae aportaban el suficiente barniz de contemporaneidad y experimentación de la cultura digital y el “procomún” más a la izquierda de la izquierda posmoderna, del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase la cultura municipal del PP en lo referente a los centros culturales de distrito, la cultura destinada a los villanos y, más específicamente a las villanas, puesto que aquí las usuarias ganan por goleada.

Cierto es que la suerte cultural iba por barrios pues dependiendo del Concejal/a que le tocara en suerte a cada distrito, la partida presupuestaria destinada a la programación cultural era de mayor o de menor cuantía, o incluso si para el susodicho existiesen otras prioridades, la partida destinada a la programación cultural, se volatilizaba y a veces no sólo desaparecía el guarismo, sino que eran frecuentes las elipsis en los epígrafes correspondientes de los Presupuesto de años subsiguientes. De todas las competencias del Distrito, la cultura siempre estaba al final de la cola, pero era la primera de la lista cuando se decretaba la tijera presupuestaria.

Durante los años en que los responsables políticos –Concejal Presidente o Asesore/as del mismo- mantuvieron los teatros de los centros culturales en barbecho, había que buscarse las castañas con programaciones gratuitas o cediendo espacios de ensayo a cambio de alguna representación que echar al populacho porque para los responsables políticos nunca los usuarios de los centros culturales tuvieron carta de ciudadanía, excepto los que acudían a los cursos y talleres que, estos sí, pagaban religiosamente el precio público correspondiente y exigían, claro que exigían, un servicio de calidad.

La asistencia técnica de sonido e iluminación brillaba por su ausencia y era atendida por voluntarios, los propios grupos que actuaban gratis o los directores de los centros, quienes elaborábamos carteles y folletos, imprimíamos la programación en la impresora de casa y hasta pagando de nuestros bolsillos el tóner a color, las pilas para los micrófonos, y otros materiales fungibles necesarios que se salen del material común de oficina, el único que nos suministraban. La incomprensión hacia nuestra labor era total y absoluta pues dependíamos de un órgano de carácter administrativo –la Junta Municipal de Distrito- que no atendía las necesidades específicas de un equipamiento dedicado a servicios culturales, más allá de los puramente administrativos y la coordinación con el Área de Cultura (Artes) era prácticamente nula. La carencia de medios era impropia de una Administración, pero aún más lo era la incomprensión y la dejadez con la que nos trataban a los que nos empeñábamos, a pesar de las trabas burocráticas y el ninguneo generalizado, en prestar un servicio público de acceso a la cultura.

Incluso durante los años en los que se contaba con presupuesto y se sacaban a licitación pública la programación y la asistencia técnica –adjudicándose a la empresa que ofertaba el precio más bajo- el presupuesto era tan parco y la oferta cultural ofrecida de tan escasa calidad, que teníamos que negociar con las empresas adjudicatarias para que incluyeran algunas programaciones elegidas por las direcciones, fuera de su propio catálogo. La suerte llegaba cuando caía en forma de maná y a cuentagotas, alguna programación vía Madrid-Activa, un programa de la empresa pública Madrid Destino que nos servía contenidos culturales a los distritos (teatro, conciertos, programación infantil, etc) y que con los recortes también fue devaluándose poco a poco en cantidad y calidad. Pero aun en esas circunstancias precarias había riesgos más graves, como que colocaran un tatami y suspendieran la programación durante dos años seguidos porque no encontraban otro sitio para impartir clases de judo, cosa que le sucedió al teatro de mi centro cultural, tras haber demolido el único polideportivo del distrito que existía en aquellos tiempos (El Polideportivo de La Cebada). Esta fue la solución política encontrada y la más inmediata, tras aparecer los padres de los niños quejándose en TeleMadrid por la pérdida de las clases de judo de sus hijos.

¿Y qué contar de los efectos de los contratos integrales (limpieza, mantenimiento del edificio y personal auxiliar), que convirtieron los centros culturales en verdaderos focos de precariedad donde el personal cobraba 3,5€ la hora? de los que ahora la nueva Corporación se queja tanto por dejarles las manos atadas en lo referente a la limpieza de la ciudad, pero que durante años hemos sufrido de forma lacerante los trabajadores de los centros culturales, tanto los empleados públicos (en algunos sólo existe la figura del Director funcionario y un Auxiliar Administrativo), como el personal externalizado. Durante casi dos lustros, hemos sido auténticos nichos de precariedad con personal no formado que cambiaba con cada contrato, con salarios ínfimos y en condiciones laborales de explotación, etc).

Contra viento y marea los trabajadores de algunos servicios públicos permanecimos en nuestros pequeños reductos procurando resistir los embates privatizadores ofreciendo servicios culturales dentro de nuestro poco margen de maniobra. Mientras que los buques insignia de los grandes organismos culturales madrileños: Matadero, Teatro Español, Madrid Centro-Centro, etc. contaban con gerentes de cuello blanco, directores artísticos y presupuestos, los centros culturales de proximidad anduvimos abandonados a nuestra suerte en manos de las grandes constructoras (para el mantenimiento y limpieza del edificio e incluso el personal de información al público) y de pequeñas o medianas empresas que pujaban a la baja reduciendo en costes de personal (para la programación cultural o los monitores de los cursos y talleres). Si tenemos en cuenta que en estos espacios de cultura vecinal debemos servir a un heterogéneo elenco de públicos y a una variedad de gustos, temáticas y enfoques con unos medios inexistentes tanto en cuanto a equipamientos como a medios personales (muchos centros no cuentan con auxiliares administrativos propios, personal técnico de iluminación y sonido, vigilantes, etc.) y a esto se suma que el personal de las empresas externas llega sin preparación y cambia constantemente al albur de las necesidades de la empresa o de si torna la adjudicataria.

Y en estos lodos andábamos en los centros culturales de distrito, cuando llegaron como agua de mayo, las nuevas corrientes municipalistas con una inquebrantable defensa de la sanidad y la educación públicas y con un respeto exquisito por los empleados públicos que no sólo habían participado en las mareas, sino que con su quehacer diario contribuían al mantenimiento de la sanidad y la escuela públicas; pero, por el contrario, con cierta falta de empatía –siendo eufemísticamente suave para no herir las sensibilidades de algunos sectores de Ahora Madrid que tanto hablan de los cuidados- hacia los servicios públicos culturales y hacia los trabajadores de la cosa pública que ya llevábamos demasiado fango encima con las anteriores políticas neoliberales.

Hablemos claro y sin mordazas. La primera ola del tejido asociativo llegó arrasando y, con la excusa del esto no funciona, la burocratización y la administración en materia cultural están obsoletas, nosotros nos lo guisamos y nos los autogestionamos o cogestionamos con nuestras novedosas, maravillosas y revolucionarias propuestas en materia social y cultural. Y algunos llegaron hasta con la cinta métrica emulando los anteriores amagos de privatización total de espacios públicos cuando llegaba del Concejal de Distrito de la mano del empresario amigo, pero ahora con el marchamo de lo público-social en vez del manido y anticuado público-privado. Y sí, hablo de espacios públicos en uso destinados a servicios públicos, no de los espacios públicos vacíos que legítimamente se ceden para uso colectivo ciudadano. Se da la paradoja –e incluso la ironía- de que algunos personajes que antes defendían el mantra de lo público-privado, ahora se presentaban como adalides de lo público-social, así, sin despeinarse una cana.

En estos escasos dos años, el Gobierno de Ahora Madrid está abriendo los armarios y aireando los cajones de la corrupción que durante mucho tiempo estuvo instalada en el Ayuntamiento de Madrid. Hemos corroborado lo que sospechábamos, que la corrupción generalizada estaba en el corazón del partido gobernante en los diversos ámbitos: estatal, autonómico y local.

A ello ha contribuido también el tejido asociativo y la puesta en marcha de auditorías ciudadanas para analizar la deuda municipal, los sobrecostes, el impacto de las privatizaciones, etc. El propio Ayuntamiento de Ahora Madrid ha propiciado el proceso de una Auditoría Ciudadana Municipal que se ha centrado en la evolución de las políticas públicas, evaluando no sólo el cumplimiento de objetivos, la eficiencia en el cumplimiento de programas presupuestarios, sino midiendo también el impacto conseguido respecto del progreso social y el bienestar de la ciudadanía. Hasta ahora se han evaluado los impactos de tipo económico, social, medioambiental, de género y financiero en relación con las políticas públicas desarrolladas por la Administración en los últimos años y los informes se han publicado en la web del Ayuntamiento.[2] Informes serios, objetivos, operativos y muy ilustrativos.

Pero recientemente, y es lo que me animó a comenzar este artículo aunque llevaba dándole vueltas al asunto desde hace casi más de un año a la espera de que por fin la actividad cultural en los distritos se abordara de forma seria por los nuevos responsables de los mismos, se ha presentado a los medios el Informe de caso de los Talleres de formación de los Centros Culturales del distrito de Usera elaborado por el grupo auditor Usera Audita[3]. 

El informe se estructura como sigue: Introducción, Metodología, Historia de los centros culturales, Datos sociológicos del distrito, Análisis de los talleres de los centros culturales (presupuestos, calidad, condiciones de empleo, empresas adjudicatarias), Conclusiones, Propuestas a futuro, Documentación y Anexos.

No me voy a centrar en el análisis concreto de la mezcolanza de datos, indicadores y correlaciones disparatadas que presenta este informe, elaborado con buena voluntad y predisposición por algunos de los participantes, pero que, sin embargo, muestra claramente cierto sesgo escorado a confirmar prejuicios previos y se aleja bastante de lo que se supone debería ser una evaluación objetiva y rigurosa; basta acudir a las conclusiones y las propuestas de futuro para comprobar su arbitrariedad.

En el apartado de Historia de los Centros Culturales se hace mención a la construcción y creación de muchos de los centros municipales de distrito actualmente existentes en época del Alcalde Enrique Tierno Galván. En los años 80, tras la explosión democrática después de 40 años de dictadura, existía un nutrido y combativo tejido asociativo de barrio que fue el que dio impulso a la creación de muchos de los servicios que hoy existen en el Ayuntamiento de Madrid y que antes no existían. Gran parte del tejido asociativo de aquellos años y que operaba en las Casas del Pueblo o en las Casas de Cultura, Casas de la Juventud (autogestionadas o financiadas por partidos de la izquierda política y/social, por asociaciones, o con ayudas públicas), así como centros de salud y de planificación familiar, etc. pasaron a formar parte de la propia estructura administrativa del Ayuntamiento como gestores, dinamizadores, personal laboral e incluso se crearon funcionarios de cuerpos especiales de nuevo cuño en educación, sanidad, consumo, servicios sociales, servicios de salud, etc. Además de los puramente administrativos, muchos de los servicios que existen hoy en el Ayuntamiento de Madrid se crearon y desarrollaron en aquella época (servicios sociales, educación, centros culturales, sanidad, consumo, etc.) y posteriormente se han desarrollado otros muchos servicios: igualdad, empleo, centros de mayores, escuelas infantiles, etc.

El informe detalla con nostalgia y alegría ese momento de explosión democrática que se vivió en Madrid y que muchos por edad, vivimos y hasta formamos parte como impulsores del mismo.

"Con la llegada de Enrique Tierno Galván a la alcaldía de la Villa y Corte, tras las primeras elecciones municipales después de más de 40 años de ‘alcaldes a dedo’, los nuevos gestores municipales del P.S.O.E./P.C.E. aprovecharon el robusto asociacionismo de los barrios madrileños para dar un impulso a la abandonada Cultura. Al carecer de técnicos profesionales y locales apropiados, las nacientes Casas de Cultura y Casas de la Juventud, precursoras de los Centros Culturales, se instalaron en casas y locales de alquiler y a su cargo se puso a destacados miembros de los colectivos ciudadanos, muy numerosos, organizados y combativos en aquellos años. Después, coincidiendo con los años de “La Movida madrileña”, en los que existe una gran explosión cultural y artística, se construyó la amplia red de Centros Culturales y se formó a los animadores, técnicos y gestores culturales para dinamizar estos nuevos locales, clausurando sus predecesoras y enfriando y debilitando los movimientos sociales que fueron desapareciendo en su mayoría. Los centros culturales se construyen con el objetivo de que no existiera ningún barrio sin equipamiento cultural y que todos los vecinos pudieran acceder a ellos de forma fácil. Pretendían poner la cultura al alcance de todos y crear tejido social. Más allá de su oferta cultural, que es importante, la principal misión de estos centros era hacer que los vecinos de un barrio se conociesen y conviviesen en un mundo que tiende a aislar a los individuos.

En esta primera etapa, había una articulación entre las diversas entidades sociales del barrio y los Centros Culturales. Se daba una colaboración con la Junta Municipal, los colegios y las asociaciones vecinales (AA.VV.). Se organizaban actividades para niños, actuaciones musicales, teatro, viajes culturales, participación en los Carnavales, en la Semana Cultural, fiestas del barrio…

Se organizaban reuniones y charlas sobre problemáticas del barrio, el problema de la droga, etc. En el Centro Cultural de San Fermín se daban Cursos de “Corte y confección”, de Informática, etc. Se puso en marcha la “Escuela Municipal de Adultos” por la presión ejercida por la AA.VV. Lo organizaron un pequeño grupo de profesoras en régimen de cooperativa. Fue una escuela de calidad, no meros talleres de pasatiempo, que daba titulaciones de Graduado Escolar. Regularmente les visitaba el inspector de Enseñanza Primaria para asegurar la calidad de sus enseñanzas. Mucha gente del barrio fue así como consiguió esta titulación, lo que aumentó el nivel educativo del barrio. El Centro Cultural Blasco Ibáñez, ubicado en el barrio de San Isidro del Distrito de Carabanchel, comenzó a funcionar en 1980. La iniciativa vecinal y el trabajo cooperativo tenían allí su expresión. No había separación entre el Centro y el Barrio, muchas de las actividades se realizaban al aire libre, y uno de los objetivos era conocer la realidad del Barrio.

Los mismos alumnos elaboraron unos estatutos y programación para el funcionamiento del Centro durante los primeros meses. Así mismo se les dio participación para acondicionar el Centro con los escasos recursos que disponía la Junta Municipal de Carabanchel. En este Centro, la actividad que con más regularidad se realizaba era denominada: “Educación de adultos”. Era un espacio de encuentro, de discusión, de desarrollo personal integral y en familia. Otras actividades que se ofrecían era la de invitar a personas preparadas en los diversos campos de las ciencias para dar charlas, recitar poemas, o hablar del Barrio, de sus necesidades. Los monitores trabajaban en equipo (había una reunión trimestral de coordinación) y les animaba la pedagogía de Paulo Freire, que trataban de seguirla siempre no exenta de dificultades. Una de las personas que trabajó en este Centro Cultural, recuerda aquellos años de trabajo en él, como los años más “frescos, libres, ilusionantes” de su trabajo educativo, siendo más lo que aprendió de ellas, que lo que él pudo enseñar".

Es decir, que lo que proponen es una vuelta a la situación de predesarrollo de determinados servicios públicos de la Administración local, además de labrarse un empleo dentro de la misma como ocurrió en los años 80, pero ahora duplicando servicios que ya existen y están operativos dentro del organigrama del Ayuntamiento y de las plantillas de personal existente que se hayan reflejadas y pormenorizadas en la Relación de Puestos de Trabajo. Y en algunos casos, como en el de los directores de centros culturales, cargándose de un plumazo nuestra carrera administrativa y, lo que es más grave, nuestra dignidad laboral y personal.

Lo cierto es que los centros culturales de distrito hemos dado cobertura al tejido creativo y artístico de los barrios, a asociaciones culturales, pequeños empresarios y autónomos (compañías de teatro, títeres, cuentacuentos, etc. a asociaciones vecinales, etc. promocionando a artistas plásticos y visuales del distrito, grupos musicales de gran diversidad de estilos, etc. Las más de las veces, sin presupuesto alguno, hemos podido programar a cambio de cesiones de espacios para ensayos, colaboraciones con las AMPAS, con pequeñas asociaciones culturales, de mujeres, asociaciones de discapacitados o colectivos artísticos del barrio.

Pero también es cierto, que durante muchos años se había producido una desconexión entre los centros culturales y sus usuarios habituales (alumnado, asistentes a las programaciones, colegios e institutos del distrito, asociaciones culturales y artísticas no politizadas, creadores y pequeñas compañías artísticas, etc. por un lado, y un tejido asociativo y colectivo de los barrios muy politizado, por otro. Sin embargo, en muchos casos, se ha tratado de una desconexión mutua porque muchos de los movimientos sociales (ecologista, pacifista, antimilitarista, de okupación, de autogestión, por el derecho a la vivienda, consumo responsable, etc.) se centraban en reivindicar sus propias luchas y operaban en sus propios territorios sin acercarse jamás a un centro cultural oficial ni en pintura y mucho menos preocuparse de los problemas que allí ocurrían fruto de las políticas neoliberales, las privatizaciones, externalizaciones, etc.

No ha sido hasta el cambio de gobierno local, cuando el tejido asociativo y los movimientos sociales, han empezado a aparecer por estos espacios, a preocuparse por lo que allí sucedía y a reivindicar su participación en el diseño y la toma de decisiones de los mismos. Totalmente legítimo, pero es poco respetuoso entrar como elefante en cacharrería alterando el ecosistema de los que allí habitábamos (trabajadores y usuarios que nunca vivimos precisamente en una zona de confort) y queriendo marcar un nuevo paso aprovechando el estado de precariedad en el que nos encontramos sumidos a causa de un neoliberalismo demoledor y salvaje para con los trabajadores y las propias instituciones de la cosa pública. En algunos distritos, lo que se ha pretendido no es sólo la participación y la toma de decisiones sobre la cultura de los barrios, sino un control absoluto por parte de algunas personas y colectivos concretos que llevan más de año y medio intentando encontrar la fórmula para imponer su modelo, paralizando las programaciones y el apoyo de servicios técnicos hasta dar con la manera de hacerse con la gestión y la ejecución de las programaciones de los centros.

Pero sigamos con el Informe de Usera. Después de hacer un análisis sobre la situación en la que se encuentran los centros culturales municipales (con el que coincido en parte en el diagnóstico del deterioro y así lo he denunciado a lo largo de estos años en distintos artículos y Foros), proponen como modelo de gestión para los mismos, el de los centros culturales alternativos: “Ante el desprecio a la Cultura Libre y Popular de los responsables municipales de Madrid, han vuelto a resurgir, en los últimos años, colectivos ciudadanos que gestionan Centros Culturales alternativos desde lo común, la innovación y la responsabilidad colectiva. Algunos de estos espacios son experiencias exitosas de socialización y modernidad y están reconocidos públicamente, como los tres del Distrito Centro: El Campo de Cebada en La Latina, La Tabacalera Centro Social Autogestionado en Lavapiés y El Patio Maravillas en Malasaña, actualmente desalojado”.

Tras más de un año de reflexión, el modelo de gestión pública propuesto, es el de los centros sociales autogestionados: Tabacalera, Patio Maravillas y Campo de la Cebada. Y en el mismo sentido ahonda la Propuesta de Modelo de Participación en la Gestión de Centros culturales(4) elaborada por la Federación de Asociaciones de Vecinos (FRAVM), de la que fue presidente Ignacio Murgui, hoy Concejal Delegado de Coordinación Territorial y Cooperación Público-Social. Por favor, esto no es serio, para este viaje no necesitábamos tanta alforja. 

En el Ayuntamiento de Madrid existen unos 115 centros culturales dependientes de los distritos. Estos equipamientos de proximidad ofrecen más de 4.000 cursos y talleres cada curso escolar y dan cobertura a 74.496 alumnos matriculados (datos del curso 2015/16). Cada año, hay más de 100.000 solicitudes de asistencia para dichos talleres, por lo que las plazas se adjudican por sorteo. Desde 2015 las solicitudes y pagos se pueden realizar por Internet. Existe un catálogo general aprobado para todo el Ayuntamiento que fija unos estándares muy amplios que abarcan un extenso abanico con todo tipo de cursos y materias: Formación humanística, Idiomas, Informática y aplicaciones informáticas, Autoayuda/Sentirse mejor, Gastronomía y dietética, Artes plásticas, Artesanía, Artes escénicas, música y audiovisuales, Baile y danza, Mantenimiento físico y masaje y Otros conocimientos y destrezas... La matrícula es válida para todo el curso escolar y existe un precio público que se abona trimestralmente. Por otro lado, también se imparten cursos y talleres específicos por lo que si se quieren impartir otras disciplinas o materias nuevas es posible hacerlo sin sustituir unos talleres por otros y sin denostar a las personas usuarias de los mismos y a los trabajadores de los centros. 

Los monitores de los talleres pertenecen a empresas externas y la mayor parte son licenciados con una larga y dilatada experiencia, aunque sus condiciones laborales (dependiendo de la empresa a la que pertenezcan) son bastante precarias, en parte, porque el propio Ayuntamiento ha ido aplicando tijeretazos en los últimos años, a los importes de los contratos de talleres.  

En el año 2016 se llevaron a cabo 15.355 actividades en los centros culturales. Estas abarcan: teatro, cine, conciertos y actuaciones musicales, conferencias, danza, concursos y certámenes, recitales, exposiciones, ludotecas, festivales, ciclos y jornadas, campamentos, cesión de espacios, etc.

La Carta Servicios de Actividades Socioculturales de los distritos fija unos compromisos de calidad que todos los años son evaluados mediante el cumplimiento de una serie de indicadores (Oferta de actividades, horarios, materiales, medios materiales, instalaciones, difusión, evaluación del profesorado y del personal del centro, etc.). Y existen mecanismos para presentar sugerencias, reclamaciones, etc. Por lo general, las personas usuarias valoran muy positivamente los cursos y talleres y habría que mejorar las instalaciones y equipamientos de los centros, así como las condiciones del profesorado, la plantilla de personal del propio Ayuntamiento, etc.

En el Informe de Usera queda patente un cierto desconocimiento de cómo opera la Administración en relación a los cursos y talleres de los centros culturales, cómo está estructurada, sus servicios y funciones, su sometimiento a indicadores y objetivos de calidad en los servicios y en la gestión, etc.  Y esto es clave para explorar nuevos caminos y ver cómo se puede operar dentro de los márgenes pero sobrepasándolos con nuevas potencialidades. 

Hay que cambiar las formas de gestión, participación e intervención y el nuevo municipalismo tiene mucho que aportar, pero con ideas que mejoren los límites de lo posible, no que lo empobrezcan. El desprestigio de las instituciones por los casos de corrupción no ayuda en absoluto, pero volver a una situación preinstitucional no es el camino. ¿Duplicamos la Administración? ¿Echamos a los agentes actuales y los sustituimos por otros, que parece que es lo que quieren hacernos a los directores de los centros, funcionarios públicos con plazas obtenidas por concurso de méritos aprovechando la falta de medios y el debilitamiento de los servicios públicos producido por las políticas neoliberales y que hemos sufrido en nuestras carnes desde hace más de 13 años? Tal y como aparecía en el diario El País, 22 de mayo 2017: Carmena se plantea sustituir a una parte de los directores de los centros culturales (achacando a la Alcaldesa las decisiones de algunos concejales de distrito) y tal como ha quedado reflejado en la propuesta de reestructuración de los distritos confeccionada por el Concejal Delegado de Coordinación Territorial y Cooperación Público-Social, Ignacio Murgui (recordemos que fue presidente de la FRAVM), eliminando la figura de los directores de centros para sustituirlos por personal afín que entrarán a formar parte de la Administración municipal como interinos pero que, en pocos años, adquirirán la condición de funcionarios. 

El Informe de caso de los Talleres de Formación de Usera obvia que, para los cursos y talleres impartidos en los 115 centros culturales de distrito, se producen unas 100.000 solicitudes cada curso escolar, aunque la oferta de plazas en los mismos, sólo cubre en torno a 75.000 asistentes. Y que las evaluaciones de los talleres por parte de la ciudadanía –a pesar de lo que afirman los colectivos autogestionados– cumple los indicadores y objetivos previstos desde hace varios años, valorándose muy positivamente por las personas usuarias tanto las materias impartidas, como la labor de los profesionales que las imparten, aunque su situación laboral y salarial sea muy precaria, cosa que sí detalla el Informe. (Otra cosa diferente es que se puedan poner en marcha otro tipo de talleres introduciendo nuevos enfoques, formas participadas de gestión, etc), pero no hace falta denigrar lo existente para proponer lo posible.

En la Encuesta de Calidad de Vida y Satisfacción con los Servicios Públicos de la Ciudad de Madrid 2016[5] en el Apartado 4: Satisfacción con los servicios, equipamientos y actuaciones municipales 2016, los centros culturales obtienen un 6,5 de puntuación, en una escala de 0 a 10. Y el puesto núm. 13 entre los 45 servicios públicos evaluados, mejorando una décima la valoración en el servicio en relación a 2014, que era de 6,4. Sin embargo, habría mucho que mejorar, ya que en la comparación de ciudades, donde sólo se cita Barcelona, esta última obtiene una valoración de 7,3. No sabemos si esta valoración se refiere a los centros culturales en general o a los 51 centros cívicos de los barrios (y que al igual que los de Madrid, ofrecen cursos y talleres, además de otras actividades culturales: música, teatro, cine, etc. En Barcelona no suelen cederse, sino que se alquilan espacios, pero lo que realmente diferencia a los centros culturales de distrito del Ayuntamiento de Madrid de los de Barcelona, es que esta última, funcionan en red. No una red autogestionada, sino una red similar a la establecida en Madrid para las bibliotecas públicas municipales, y que han obtenido una valoración del 6,9 y el puesto núm. 7 como servicios y equipamientos más valorados en la Encuesta de Calidad de Vida y Satisfacción de los Servicios Públicos de la Ciudad de Madrid, 2016). Por tanto, más política pública y no menos para los centros culturales de distrito.

Por el contrario, el Informe de Usera propone, como colofón final, una serie de Propuestas a futuro:

Dirigidas al Ayuntamiento

Considerando aquella exitosa primera experiencia proyecto alternativo para la gestión de Centros Culturales, proponemos un bosquejo de modelo de gestión integral ciudadana para los Centros Culturales de Madrid, basado de entrada en los siguientes puntos:
1.       Cesión de la Gestión Cultural a los colectivos ciudadanos, asociaciones de vecinos, asociaciones culturales y empresas culturales de la zona. La toma de decisiones será colectiva y asamblearia, pudiendo elegirse por los colectivos implicados un equipo responsable para llevar a cabo las decisiones tomadas por la mayoría.
2.       Coordinación por, al menos, un Técnico Cultural capacitado, dinamizador y relacionado con AGETEC, la Asociación de Gestores y Técnicos Culturales de la Comunidad de Madrid. Este empleado municipal servirá de enlace entre los gestores ciudadanos del Centro Cultural y el Ayuntamiento de Madrid.
3.       Los colectivos concesionarios del Centro Cultural estarán obligados a presentar ante el Ayuntamiento de Madrid una Memoria de Actividades anual, fidedigna y exhaustiva, mediante la cual se evaluará y fiscalizará la gestión realizada.
4.       Cesión de las instalaciones y espacios existentes para uso privilegiado, pero no excluyente, de los colectivos socio-culturales del barrio que organizarán talleres, cursos, seminarios, etc.
5.       El uso de los locales de ensayo, talleres, aulas y demás instalaciones del Centro Cultural será gratuito para los vecinos y vecinas del barrio que a su vez participarán en las tareas de mantenimiento y dinamización del mismo.
6.       Por supuesto, la gestión y cualquier trabajo se realizará sin ánimo de lucro, lo que no excluye el cobro de una entrada apropiada o una aportación para materiales en aquellos eventos, actividades, cursos, o espectáculos que así se considere necesario.
7.       En la programación prevalecerá el trabajo de los artistas cercanos al barrio, sin que sea excluyente la integración de otros artistas cuando se considere de interés.
8.       Creación de una Red de Centros Culturales Madrileños para intercambiar experiencias, exposiciones, eventos, etc.
9.       En una Sociedad del Conocimiento como la nuestra, no se pueden excluir del concepto cultural las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), por ello se actuará también con políticas activas para acabar con la “brecha digital” proveyendo para ello en 3 sentidos:
·         Centro de Acceso Público a Internet (CAPI) para vecinas y vecinos.
·         Centro de Difusión Tecnológica Empresarial (CDTE) para emprendedores, comercios y pymes del barrio.
  0. Difusión apropiada de la actividad mediante una plataforma colectiva de la Red de Centros Culturales Madrileños, un sitio web personalizado para cada Centro Cultural en particular y el uso correcto y cotidiano de las Redes Sociales.
  1. Las herramientas informáticas usadas estarán implementadas en su totalidad en Software Libre y Código Abierto.
1   2. Los trabajos producidos por artistas, autores y colectivos en esta Red de Centros Culturales Madrileños serán licenciados bajo Licencias Libres, tales como GNU, Copyleft y Creative Commons.
1   3. Creación de un repositorio digital de documentos, fotografías y vídeos para uso común y libre de los eventos, trabajos, cursos, talleres y demás actividades desarrolladas en la Red de Centros Culturales Madrileños.

No es extraño que ante este proyecto de bosquejo de modelo integral ciudadano para los centros culturales, la figura de los directores moleste a algunos. Por ejemplo, en el distrito Centro, hace más de un año que, en asamblea popular dentro de un proceso denominado "Construyendo cultura" liderado por Rubén Caravaca (y sí, algo falla cuando el sistema asambleario se focaliza en una única persona), a propuesta de algunas personas del Patio Maravillas, se votó nuestro cambio de nombre y funciones y se crearon comisiones de trabajo para repartirse las mismas entre las asociaciones y las personas allí presentes. Fue totalmente denigrante, pero en aquel momento pensé que era fruto del desconocimiento de los colectivos sobre el funcionamiento de las Administraciones Públicas. Lamentablemente, han seguido por la misma senda con la connivencia del poder en los distritos, que ahora nos muestran su lado más duro imponiendo el desalojo de nuestros puestos de trabajo, bajo la excusa de una supuesta profesionalización de dichos puestos. 

Las políticas públicas culturales basan su existencia en dos viejos principios fundamentales: el principio de democratización cultural (garantizar el acceso a todas las personas a una oferta cultural de calidad) y el principio de la democracia cultural (el fomento de espacios para la participación y la expresión social y cultural, la construcción de cultura desde abajo por parte de todos los miembros de la comunidad participando como actores comprometidos). La propuesta de dejar estos principios fuera del paraguas de la Administración, no garantiza en absoluto que se cumplan estos dos criterios.

Los nuevos actores aducen el discurso de los bienes comunes y exigen la gestión comunitaria de la cultura y, sin embargo, obvian a gran parte de los agentes (los trabajadores y usuarios actuales de los centros, así como a los tradicionales agentes de la cultura –creadores, profesionales y artistas-), mientras que se erigen ellos mismos como únicos agentes primando a los mediadores y dinamizadores de lo político y sociocultural; a la vez que desdeñan e impiden las políticas de acceso. Defienden las políticas de bienes comunes con una amplitud de miras tuerta, sin abordar la complejidad y dificultad que suponen estos procesos y, en algunos casos, más que proyectos colectivos, lo que proponen parece el proyecto diseñado por y para un único colectivo, o incluso por un solo individuo que conduce asambleas manipuladas, participa en los Foros Locales ofreciendo repartir trabajo a todos los asistentes o pretendiendo montarse el chiringuito a través de los presupuestos participativos en Decide Madrid, la web de participación ciudadana. Es una lástima que las incipientes formas de participación que se han puesto en marcha se desvirtúen por algunos queriendo sacar un beneficio propio o que nazcan ya viciadas sin que existan mecanismos para evitar abusos.

Los proyectos culturales de gestión comunitaria son cruciales y necesarios y las Administraciones locales tienen que poner el foco en ellos, de la misma forma que los proyectos comunitarios de cultura deben poner el foco en la Administración. Se pueden encontrar territorios comunes y de confluencia, pero no son la misma cosa, ni tienen los mismos objetivos, ni los mismos agentes y finalidades, por lo que tampoco son intercambiables unos por otros.

Que la Administración pública apoye o dé cobertura a un proyecto concreto de gestión comunitaria cediendo edificios, espacio, medios, recursos o infraestructuras, financiándolo con fondos públicos o favoreciéndolo con otras medidas, esto no asegura el carácter público del proyecto. Y qué decir entonces de que la Administración pública se desentienda de sus propias funciones públicas (en este caso las funciones públicas culturales) y deje la gestión que le es propia en manos de otros (por muy de gestión comunitaria que sean).

Las políticas públicas no deben tener por modelo los criterios utilizados en el mundo de la empresa (grande o pequeña, pública o privada), pero tampoco deben diseñarse únicamente en los laboratorios ni en los centros autogestionados, sino que se construyen combinando procesos de intervención, con procesos de libre aliento, hibridando a todos los agentes (públicos, comunes, individuales y privados), poniendo en marcha procesos e iniciativas inclusivas dejando un alto grado de dejar hacer y, por supuesto, dando cabida a todos los públicos y usuarios, ofreciendo una cartera de servicios básicos. Porque si para unos la cultura es una experimentación y un proceso para poner en práctica, para los servicios públicos es un deber y una responsabilidad. Y es la Administración Pública la que tiene la obligación de mediar entre todos estos agentes.

En los últimos años se ha ido imponiendo la gestión indirecta
[5] de los servicios públicos también en los servicios culturales, a través de diversas fórmulas de colaboración público-privada. Parece que desde algunos sectores se propone ahora la gestión indirecta, pero ahora enfocada desde lo público-social. Sin embargo, para una gestión pública real, la gestión de los servicios culturales debiera ejercerse de forma directa pública-pública que es la que mejor garantiza el mantenimiento de un servicio público como público, incluido dentro de la propia estructura administrativa de la entidad local. Si un hospital o un colegio públicos (con trabajadores y medios públicos) los ponemos en manos de un gestor diferente al de la propia Administración sanitaria o educativa, ya hablamos de otro tipo de gestión y empiezan a surgir otro tipo de entes y organismos que son más fáciles de externalizar, privatizar, etc.

La gestión directa es la que mejor garantiza el acceso a la cultura en condiciones de igualdad, y la que mejor asegura los principios de objetividad, legalidad, la seguridad jurídica, la responsabilidad y la no arbitrariedad de los poderes públicos en materia de acceso y promoción de la cultura. Sin embargo, no parece ser muy ético eliminar a los funcionarios actuales que ocupan sus plazas de forma legal y legítima, para colocar como interinos a personal afín.

En el programa de Ahora Madrid se marca un objetivo estratégico que es gestionar de forma racional, justa y transparente la administración local; y se establecen una serie de estrategias para llevarlo a cabo: acercamiento de la administración municipal a la ciudadanía, proactividad y personalización de servicios; calidad, innovación y mejora continua en la prestación de servicios y en los sistemas de gestión; desarrollo del liderazgo de los responsables y del potencial de los empleados públicos; nuevo modelo de comunicación que ofrezca a la ciudadanía toda la información municipal en tiempo real; transparencia, gobierno abierto, apertura de datos y reutilización.

Nada de esto sucede en algunas Juntas de Distrito en lo referente a cultura, donde el apoyo a los procesos de gestión es nulo, a los trabajadores ni siquiera se nos tiene en cuenta en la toma de decisiones y los planes futuros –porque en algunas Juntas llevamos sin programación cultural desde hace más de un año esperando que el tejido asociativo decida y diseñe la nueva programación experimental- son completamente opacos.

Con el fin de evitar la contratación pública a empresas ajenas, las competencias culturales que corresponden a los servicios culturales del distrito se están derivando, mediante encomiendas de gestión[6], a la empresa pública Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio, SA y los presupuestos de la cultura del barrio, pasan a ser gestionados por la empresa pública. En la empresa la agilidad y operatividad son mayores, pero la función interventora (fiscalización previa), la función de control financiero (control a posteriori de naturaleza económico-financiera) y la función del control de eficacia (control a posteriori del grado de cumplimiento de objetivos presupuestarios y análisis del coste de funcionamiento y del rendimiento de los servicios o inversiones) son mucho menores, como hemos comprobado en los últimos tiempos con los numerosos casos de corrupción perpetrados a través de empresas públicas en la Comunidad de Madrid.

No quiere esto decir que se pretenda hacer lo mismo (de hecho, desde Madrid Destino se están abriendo cajones y destapando operaciones sospechosas), pero desde un primer momento, se han rechazado otros modelos de municipalización y gestión directa posibles, como que la selección de contenidos (programación) pudiera realizarse de forma directa en el distrito, mientras que las gestiones de contratación, administración y pagos pudieran centralizarse (p.e. creando una ventanilla y una oficina únicas en el Área de Cultura) porque si lo que quisiera evitarse son las labores de gestión y administración a la hora de las contrataciones, la empresa pública también se ve obligada a hacerlo, aunque sin menos controles de fiscalización del gasto público y con mayor liberalidad a la hora de escoger a los “programables” sin atenerse a los principios de objetividad, neutralidad, imparcialidad y responsabilidad a los que sí están sometidos los funcionarios públicos.

Pues bien, tras un proceso participativo en el que ni los responsables de los centros ni los trabajadores de los mismos hemos participado, se han aprobado dos encomiendas de gestión de los distritos hacia la empresa pública Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio, SA, para el desarrollo de los programas Mirador Arganzuela y Mirador Usera. Y afirmaban que, en un futuro se irían adhiriendo el resto de distritos.

De esta forma, se han creado los programas Mirador Arganzuela y Mirador Usera, justificando las encomiendas, según la Concejala en lo siguiente: “Usera y Arganzuela apuestan por la descentralización y remunicipalización de la gestión cultural en los distritos. Los distritos gestionamos instalaciones culturales pero no disponemos de recursos económicos y humanos para llevar a cabo una programación cultural sin recurrir a la contratación de empresa privadas". Por ello, ambos distritos quieren dar comienzo a un nuevo modelo de gestión cultural pública y participada, que permita dotar a sus programaciones de una coherencia e impacto mayores de los alcanzados hasta ahora. Con estas iniciativas se quiere conseguir que la cultura no sólo se consuma, sino que pase a ser una herramienta de trabajo cooperativo y capacitador, que incluya elementos de prevención de situaciones de riesgo social”[8]:

Por Acuerdo del Consejo de Gobierno de 23 de abril de 2017, se Autoriza la encomienda de gestión por el Distrito de Arganzuela a la sociedad Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio, S.A., cuyo objeto es la “Programación, gestión, comunicación y desarrollo del Programa de Innovación en Cultura de Proximidad: MIRADOR ARGANZUELA”, por un plazo de ejecución previsto desde el 1 de abril de 2017, hasta el 20 de diciembre de 2019.  Para ello, se Autoriza y dispone el gasto plurianual de 1.093.713,14 euros, no sujeto a IVA, con el siguiente desglose por anualidades: Año 2017, por importe de 319.499,89 €, Año 2018, por importe de 367.362,37 € y Año 2019, por importe de 406.850,88 €.

Por Acuerdo del Consejo de  Gobierno de 30 de abril de 2017, se Autoriza la encomienda de gestión a la sociedad Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio, S.A. para el Programa MIRADOR USERA, del Distrito de Usera, con un plazo de ejecución desde el 1 de abril de 2017, hasta el 20 de diciembre de 2019. Para ello, se Autoriza y dispone el gasto plurianual de 1.238.666,45 euros, no sujeto a IVA, con el siguiente desglose por anualidades: Año 2017, por importe de 335.618,05 euros; Año 2018, por importe de 441.828,23 euros y Año 2019, por importe de 461.220,17 euros.

La figura de la encomienda de gestión es una figura controvertida. Según el Tribunal de Cuentas, en un gran número de encomiendas, la finalidad perseguida con su uso ha sido la de satisfacer las necesidades de carácter permanente, derivadas de la existencia de déficits estructurales de plantilla, a través de la aportación de medios personales. Y, en determinados supuestos, la concurrencia de encomiendas, de carácter permanente y estructural, ha dado lugar al reconocimiento, por parte de la propia entidad o a través de varias sentencias, de la condición de personal laboral indefinido a trabajadores que habían sido contratados, previamente, como temporales. (TRIBUNAL DE CUENTAS. Informe nº 1197/2016. Encomiendas de gestión del sector público autonómico. Ejercicio 2013). Mucho nos tememos que estas contrataciones sean un coladero de personal afín.

El artículo 24.6 del Real Decreto Legislativo 3/2011 Texto Refundido de la Ley de Contratos del Sector Público dice que si una entidad medio propio no puede ejecutar el 50% del encargo, es que no es suficientemente apta para realizar la prestación, por lo que no concurriría el supuesto de hecho del apartado 1.a) del propio artículo 24, y, por tanto, no cabría el encargo o encomienda correspondiente. En dichas actuaciones, se plantea la justificación de la figura de la encomienda, ya que al carecer el medio instrumental de los medios suficientes para ejecutarlos, su papel puede quedar reducido a un mero gestor en las labores de contratación que podrían haber sido realizadas por la propia administración encomendante, de lo que pudiera desprenderse que la verdadera finalidad de ésta es eludir la aplicación de la normativa contractual de aplicación y compensar la falta de capacidad y de organización para llevar a cabo las actuaciones necesarias para el cumplimiento de sus fines. 

Las encomiendas de gestión suponen una excepción a los principios de publicidad y concurrencia que inspiran la normativa sobre contratación pública, y suponen una excepción a los principios de publicidad y concurrencia que inspiran la normativa sobre contratación pública, y los requisitos necesarios para poder acudir a esta figura han de ser objeto de una interpretación estricta.

Desde los centros culturales comprobamos con asombro, que en vez de personal de apoyo y soporte dentro de la propia estructura administrativa del Distrito, a través de estas encomiendas de gestión se están creando varias figuras de nuevo personal a contratar por la empresa pública Madrid Destino Cultura, Turismo y Negocio SA y que ahora van a operar en los distritos. Por ejemplo, en Arganzuela, se crean las figuras del agente para la definición, programación y gestión (44.000€/año) y el agente para dinamizar la participación
 ciudadana en el ámbito cultural (40.000€/año) y con unas tarifas en costes de personal y actividades, totalmente desproporcionadas, según nuestra experiencia profesional. 

Nuestros salarios públicos no han alcanzado jamás dichas cifras, a pesar de encargarnos de diferentes líneas de programación, gestión, coordinación, atención a la ciudadanía, relaciones con el tejido artístico y vecinal; labores de administración, elaboración de memorias y estadísticas, evaluación del servicio, control de aforos, poner micrófonos y hasta pasar la mopa.

 

Resulta también paradójico que mientras el Área de Cultura, a través de la empresa pública Madrid Destino, Cultura, Turismo y Negocio, dedica un magro presupuesto y una línea de programación a la cultura en los distritos, los distritos, a su vez, están haciendo encomiendas de gestión pasando sus funciones y presupuestos para que los gestione la empresa pública ¿no se trataba de descentralizar y remunicipalizar? Existiendo ya unos servicios culturales en el distrito, dotados con personal municipal, por lo menos para programar, que no para la asistencia técnica, artística y profesional ¿Qué sentido tiene ese trasvase de presupuestos y funciones de la empresa a los distritos y de los distritos a la empresa? ¿Será que queremos colocar a los colegas gestores en la empresa o a los que marquen las programaciones en los distritos?

Madrid Destino es la empresa pública creada por Ana Botella en 2013 con el fin de liberalizar las políticas culturales, fruto de la fusión de las tres sociedades que creó Gallardón: Madrid Arte y Cultura (MACSA) la gestora de teatros y espacios escénicos del Ayuntamiento Madrid, Madrid Visitors & Conventions Bureau (MV&CB) la gestora de turismo y Madrid Espacios y Congresos (Madridec) la gestora de infraestructuras. Tras liquidar estas empresas y pasar sus deudas al Ayuntamiento, la empresa maneja hoy un presupuesto en torno a los 90 millones de euros. Se trata de una empresa que ha gozado y sigue gozando de una opacidad tremenda. Los trabajadores siguen sin convenio colectivo y muchas de las plazas de quienes tuvieron que abandonar la empresa por los ERE’s todavía no se han cubierto. Manuela Carmena acaba de nombrar un nuevo Consejero delegado de la empresa y de cambiar al Vicepresidente Primero del Consejo.

A día de hoy, la empresa pública no cuenta ni con un organigrama completo ni con una relación de puestos de trabajo y, en los últimos meses, se han creado numerosos puestos de trabajo de alta remuneración. A finales de 2016, el Comité de Empresa presentó una denuncia ante la Inspección de Trabajo en relación a los procesos de contratación y promoción interna que habían tenido lugar. En un año, la empresa ha duplicado los trabajadores temporales (eventuales y artísticos) y se superaron no sólo las previsiones de 2016, sino las previstas para 2017 produciéndose un aumento del gasto por encima de las previsiones. Asimismo, la empresa ha visto reducidos sus ingresos por encomiendas de gestión, y hubo reducción en el importe neto de la cifra de negocios y en los ingresos por patrocinios.

Desde la Alcaldía se ha informado de que este modelo de encomiendas no se va a extender al resto de distritos, pero el amago de colocar a personal afín en la Administración municipal se está intentando por otras vías, como la nueva propuesta de reestructuración de los distritos.

Resulta cuando menos, curioso, que mientras las últimas movilizaciones del 15M y las reivindicaciones de las diversas mareas (verde, blanca, violeta…) se oponían a las privatizaciones y recortes en los servicios públicos de educación, sanidad, igualdad, etc; poco se trataba el tema de los recortes en servicios públicos culturales más allá de alguna movilización concreta como la que tuvo lugar el 9 de marzo de 2014 a propuesta de la Plataforma en Defensa de la Cultura o algunas manifestaciones contra los recortes en los servicios bibliotecarios.

Manuel Rico, en un artículo titulado “La hora de la ‘marea cultural’: una reflexión ante el 9 de marzo”[9] , que llamaba a dicha movilización en defensa de la cultura proponía la marea roja, "una marea activa, que muestre en la calle que la cultura, en el siglo XXI, forma parte de los bienes colectivos imprescindibles del estado del bienestar".

En dicho artículo, Manuel Rico hablaba de un colectivo silencioso en materia cultural, más allá de los rostros conocidos o “famosos” del progresismo “compuesto por los usuarios de los servicios culturales, por quienes disfrutan de  la cultura gracias a la presencia en ese ámbito de la iniciativa pública. Padres y madres que llevan a sus hijos a las escuelas de música y conservatorios municipales de cientos de barrios, distritos y pueblos de nuestra geografía; jóvenes que pujan por abrir paso a grupos musicales; amantes del cine o del teatro que suelen nutrirse, gracias a los bajos precios, de la actividad de centros cívico-culturales o universidades populares; escritores y escritoras curtidos en talleres promovidos por ayuntamientos; lectores de bajo poder adquisitivo que son usuarios habituales de las bibliotecas públicas. Y hablo, en fin, de los jóvenes y no tan jóvenes a los que el 21% del IVA les ha puesto aún más lejos acceder al cine en las salas privadas, de los pequeños empresarios y autónomos que viven la decadencia o el cierre de sus librerías o sobreviven con sus pequeñas editoriales, o de los ciudadanos para los que gozar de una obra de teatro o de una ópera en las salas más emblemáticas es una auténtica quimera”.

Rico también menciona los recortes poco conocidos: Si el saqueo de las Cajas de Ahorros ha tenido como víctimas más inmediatas las redes de centros culturales o de bibliotecas, eliminadas por la vía directa, o la supresión de premios literarios y artísticos (algunos con una tradición de medio siglo) y de programas de promoción de la lectura, de promoción del teatro o de las artes plásticas, en los ayuntamientos y comunidades autónomas gobernadas por la derecha, la austeridad obligada ha golpeado con dureza a ese inmenso tejido ciudadano que, lejos de los foros televisivos y de las tribunas mediáticas, hace, cada día, posible, la cultura en nuestro país, en nuestros pueblos y ciudades. Y ese tejido (hecho de jóvenes, estudiantes, mujeres, personas mayores…) es el que sufre recortes que muchas veces pasan inadvertidos: por citar un ejemplo ilustrativo, sólo en la ciudad de Madrid, entre 2011 y 2014, los recursos destinados a todo tipo de talleres culturales se han reducido en casi un 18% (4,6 millones de euros) y los dedicados a contratación de diversa oferta cultural, en casi un 50% (4,7 millones de euros), un auténtico tajo que afecta ante todo a los sectores sociales con menor poder adquisitivo y a los distritos periféricos. Si eso se añade a los recortes ministeriales y se suma a la brutal reducción de los presupuestos de cultura en las grandes ciudades del área metropolitana madrileña bajo gobiernos de la derecha, no es difícil advertir las consecuencias que todo eso tienen en la vida cultural, en el empleo de ese sector, en una industria frágil como imprescindible”.

Ahora la situación es la contraria, existen magras partidas presupuestarias para la cultura en los distritos, pero no llegan a los centros culturales y las programaciones se mantienen en suspenso, me temo que hasta que se apliquen las Encomiendas de Gestión o se diseñe otra figura similar a la medida de algunos personajes o colectivos concretos que son los que han parado las programaciones. Se trata de poderes informales que están diseñando las "nuevas formas de gestión" con total opacidad. En algunos distritos ni siquiera a las direcciones de los centros y a las Unidades de Cultura nos permiten elegir las programaciones (teatro, conciertos, etc.) que desde Madrid Destino nos ofertan como parte de la política de descentralización de la cultura. Mientras tanto, el tejido artístico y cultural no trabaja porque no puede exhibir sus creaciones y el público del barrio no tiene acceso a las mismas. Eso sí, los teatros o salones de actos de los centros culturales llevamos más de un año dando cobertura a todo tipo de actos de partidos políticos, asociaciones, jornadas, etc. Nadie se cuestiona en qué condiciones trabajamos, con qué medios y las condiciones precarias en las que estamos.

Nadie sabe, excepto las personas usuarias, los trabajadores y responsables de dichos centros culturales –como es mi caso- cómo hemos vivido en carne propia los recortes, las privatizaciones, externalizaciones y las políticas neoliberales que agudizaban aun más si cabe, la situación precaria de la que partíamos. Porque si la burbuja urbanizadora se cernió como un águila neoliberal sobre las grandes instituciones culturales y sus desmedidos proyectos hasta desinflarse dejando infraestructuras a medio cocer diseminadas por todo el territorio o sin proyectos con los que llenar los enormes contenedores culturales, los pequeños centros culturales de distrito ni habíamos palpado los oropeles y exuberancias anteriores al pinchazo de la burbuja ya que durante aquellos gloriosos años continuamos espigando la miseria presupuestaria y la escasez de recursos -materiales y humanos-, sino también la dejadez por parte de los responsables políticos y administrativos del Ayuntamiento que nos condenó durante décadas, tanto a trabajadores como a usuarios, a una indigencia cultural a raudales en cuanto a contenidos culturales, a unas formas de gestión inadecuadas y al abandono más absoluto por la falta de apoyo público para desarrollar nuestra labor con profesionalidad y eficacia.

Hemos de recordar que, si bien en el Ayuntamiento de Madrid los cursos y talleres están sometidos a un precio público modesto que cubre el coste del servicio, las actuaciones (teatro, conciertos y programación infantil, así como las salas de exposiciones que habilitan la exhibición gratuita por parte de artistas plásticos y visuales del barrio, como a artistas acreditados) todas estas programaciones en los centros culturales municipales son de acceso libre y gratuito, por lo que estos centros de proximidad eran los que, hasta ahora, garantizaban de verdad el derecho de acceso al arte y la cultura y que a partir de ellos y su función de derecho al acceso, se justifica el infinito y más allá en las políticas públicas culturales, por lo que no es de recibo que se hayan paralizado los servicios públicos culturales en algunos distritos durante más de un año. 

Para analizar el caso de la cultura en Madrid, es preciso saber de dónde venimos, cómo estamos y a dónde nos encaminamos y, sobre todo, acabar con la opacidad y con la guerra de guerrillas actualmente existente. Ya casi hemos pasado el ecuador, tras dos años de cambio de gobierno con la irrupción de las nuevas corrientes municipalistas. Y perdonen que eche más leña al fuego ahora que el tema cultural está candente, pero precisamente por eso, hay que abordar el asunto de una vez por todas, si es que queremos desenmarañar este nudo gordiano para saber qué diablos pasa con la cultura en el Ayuntamiento de la capital. Porque o ponemos todos las cartas sobre la mesa o la farsa continúa en una guerra de posiciones sin sentido, comiéndose otra media legislatura.

En un artículo que publiqué el 14 de junio de 2015 titulado La cultura local de proximidad[10] expuse la situación y las singularidades de la política cultural local en el Ayuntamiento de Madrid, su compleja e ineficaz estructura y la falta no sólo de un plan estratégico para la ciudad, sino de unas líneas claras o unos objetivos mínimos de actuación concreta en materia cultural, por lo menos en lo referente a Política Pública Cultural que es la verdadera competencia básica local de un Ayuntamiento y la que debiera aplicarse a los centros culturales de distrito. En el resto de espacios, podemos imaginar nuevos e innovadores modelos de gestión, autogestión etc. e, incluso, seguir con la polémica y la guerra cultural hasta el infinito y más allá, pero las guerras políticas no debieran afectar a los derechos ciudadanos, y el derecho a la cultura es uno de ellos.

NOTAS:



[1] Márquez Martín de Leona, David. ¿Y si hablamos alguna vez de políticas públicas (culturales)? El diario.es http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/hablamos-alguna-politicas-publicas-culturales_6_626847353.html  
[3] Informe de caso de los Talleres de formación de los Centros Culturales del distrito de Usera

[4] FRAVM: Cultura. Documentos. Propuesta de Modelo de Participación en la Gestión de Centros Culturales https://aavvmadrid.org/areas-de-trabajo/cultura/  

[6] La Ley 27/2013, de 27 de diciembre, de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local recoge las formas de gestión. “Los servicios públicos de competencia local habrán de gestionarse de la forma más sostenible y eficiente de entre las enumeradas a continuación:
A) Gestión directa:
a) Gestión por la propia Entidad Local.
b) Organismo autónomo local.
c) Entidad pública empresarial local
d) Sociedad mercantil local, cuyo capital social sea de titularidad pública.
B) Gestión indirecta, mediante las distintas formas previstas para el contrato de gestión de servicios públicos en el texto refundido de la Ley de Contratos del Sector Público, aprobado por Real Decreto Legislativo 3/2011, de 14 de noviembre. La forma de gestión por la que se opte deberá tener en cuenta lo dispuesto en el artículo 9 del Estatuto Básico del Empleado Público, aprobado por Ley 7/2007, de 12 de abril, en lo que respecta al ejercicio de funciones que corresponden en exclusiva a funcionarios públicos”. 
[7] Ley 40/2015, de 1 de octubre, de Régimen Jurídico del Sector Público. Art. 11 Encomienda de gestión. 1) La realización de actividades de carácter material o técnico de la competencia de los órganos administrativos o de las Entidades de Derecho Público podrá ser encomendada a otros órganos o Entidades de Derecho Público de la misma o de distinta Administración, siempre que entre sus competencias estén esas actividades, por razones de eficacia o cuando no se posean los medios técnicos idóneos para su desempeño. Las encomiendas de gestión no podrán tener por objeto prestaciones propias de los contratos regulados en la legislación de contratos del sector público. En tal caso, su naturaleza y régimen jurídico se ajustará a lo previsto en ésta. 2) La encomienda de gestión no supone cesión de la titularidad de la competencia ni de los elementos sustantivos de su ejercicio, siendo responsabilidad del órgano o Entidad encomendante dictar cuantos actos o resoluciones de carácter jurídico den soporte o en los que se integre la concreta actividad material objeto de encomienda.  
[8] Usera y Arganzuela apuestan por la descentralización y remunicipalización de la gestión cultural en los distritos
[9] Manuel Rico. “La hora de la marea cultural”. Nueva Tribuna, Público. 28 febrero 2014.  http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/hora-marea-cultural/20140228112628101265.html